Muchas
veces me lo pregunto. ¿Pensará en mí tanto como yo pienso en él? ¿O pensará al
menos la mitad de lo que yo me dedico a pensar en él? Me gustaría saberlo. En
realidad, me gustaría saber que piensa en mí, no esa verdad tan aplastante que
me asegura que yo no tengo espacio para su mente en ningún rincón.
No quiero saber la verdad, porque sé que él no piensa en mí. Prefiero mentirme
e imaginar que de vez en cuando un pensamiento fugaz cruza sus neuronas y le
arranca una sonrisa, recordando algo que una vez le hizo gracia cuando estaba
conmigo. Como consecuencia, piensa en mí. Ahora mismo yo estoy pensando en él.
En el tiempo que tardará en volver, en lo que haremos cuando esté conmigo. No
sé si él piensa en mí, en las ganas que tiene de volver a verme o en algo que
me quiere decir para compartir unas risas. Quiero que piense en mí. Quiero que
sufra la mitad de lo que yo sufro. Quiero que al menos sienta una pequeña parte
de lo que yo siento, para que se dé cuenta del daño que causa sin quererlo.

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